La vuelta a Inglaterra en 7 días (VI). Última etapa: Swindon

Bienvenidos a una nueva entrega de Yentelman, el blog en el que aprenderéis inglés y, si os descuidáis, hasta español. Con resaca y cansancio afrontábamos Carlos, Óskar, Lecquio y yo nuestra última etapa antes de regresar a España. Tras hablar con mi amigo Sergio, éste nos invitó a su casita en Swindon. Situada al borde de un lago en lo que parecía ser un destino vacacional ideal, lo cierto es que Sergio estaba allí por motivos laborales. Aprovechando nuestra presencia en Inglaterra y el fin de semana, era una buena ocasión para reunirnos todos y pasar un finde tranquilo y relajado.

Lo cierto es que Swindon, como ciudad, no tiene gran cosa. Pero tras patearnos algunos de los lugares más emblemáticos de Inglaterra, no buscábamos mucho más que un par de días de descanso y un par de pintas en un pub. Así que fuimos a la estación de autobuses de Sheffield en busca de nuestros billetes. Para ir a Swindon desde Sheffield teníamos que hacer transbordo en Londres. Mientras Carlos se iba a explorar por su cuenta, yo decidí que ya era hora de que Óskar pusiera a buen uso ese B1 de inglés, certificado por el Instituto de Idiomas de la Universidad de Zaragoza, que decía tener.

Así que, tras sacar mi billete (Sheffield-London y London-Swindon), le conminé a que hiciera lo propio. La cosa era sencilla: bastaba con entrar a las oficinas y decirle a la chica del mostrador: «one ticket to Swindon«. Fácil, cómodo y para toda la familia, ¿no?

Pues no.

Salió Óskar de la oficina henchido de satisfacción por haber sido capaz de realizar una transacción en inglés (algo que, hasta el momento, habíamos hecho Carlos o yo). Cuando le pido que me deje comprobar los billetes, compruebo estupefacto que se quedaba a mitad de camino.

  • Yo: «Óskar, este es el billete a London. ¿Dónde está el de Swindon?»
  • Óskar: «esteee… ¿no lo sé? Yo le he dicho guan tiket tu suindon, tron; te lo prometo…».
 Severus snape

«¿Pero se puede saber qué has pedido, Óskar?»

Repetid conmigo: Swindon – London. No se parecen en nada, ¿no? Así que tuve que entrar a hablar con la chica, explicarle que mi amigo no hablaba inglés, que se había confundido y que, por favor, el billete era para Swindon. En este momento, con Óskar ya convencido de mudarse a Inglaterra más pronto que tarde, le llegó su segunda epifanía: debía aprender inglés de verdad.

Unos doce o quince años después, diría que el inglés de Óskar es hoy bastante mejor que el mío, así en general. Sin duda lo es en cuanto a inglés oral. Estamos bastante igualados en cuanto a vocabulario (gracias a que yo leo mucho en inglés) y le gano por poco en gramática. Pero al final, la enseñanza que pudimos sacar fue: inmersión lingüística 1 – título oficial 0.

Poco después de sacar los billetes, nos unimos a Carlos y sufrimos en nuestras carnes una nueva humillación, relatada con maestría por Óskar en su primer post como guest blogger en este vuestro blog. No voy a insistir en ello. Si queréis saber de qué estoy hablando, volved a leerlo. Merece la pena.

Tras nuestras vicisitudes en la estación, finalmente llegamos a Swindon, donde nos esperaba Sergio con su coche de empresa, listo para llevarnos a su bungalow. De camino a su hogar provisional, nos fue poniendo al día de lo que había previsto para el finde. Básicamente, ver lo poco que había que ver en la ciudad y, esa noche, salir a uno de los más emblemáticos nightclubs de Swindon: The Mission.

The Mission, Swindon

En un momento dado, Sergio nos lanzó un extraño aviso: «Ladies and gentlemen, nos estamos acercando a ¡The Magic Roundabout!». Nuestra cara de espanto a la hora de ver el cartel que anunciaba la proximidad de la Rotonda Mágica ya la describí en este post. Hay que vivirlo para saber qué se siente. Aunque viendo la foto, os lo podéis imaginar…

The Magic Roundabout

Lo cierto es que Sergio la sorteó con habilidad y elegancia. Ya llevaba unos meses allí, y estaba acostumbrado. Llegamos por fin a nuestro destino, y hay que reconocer que el sitio molaba bastante. Un círculo de cabañas bien construidas y más grandes de lo que pensábamos rodeaban un lago en el que podía verse gente en barcas, paseando o pescando. Muy bucólico todo. El problema vino cuando entramos

Veréis, yo odio las arañas. Y la choza estaba plagada de ellas. Pero plagada. La cortina era una tela de araña gigante de la que colgaban, como Pedro por su casa, una docena de arañas de diversos tamaños. Y en cada rincón podíamos ver alguna más. Y no era cuestión de suciedad: el interior estaba limpio y reluciente. Simplemente, había arañas. Ante nuestra incredulidad, Sergio nos explicó que en el lago había muchos bichos y mosquitos, y las arañas evitaban que las demás alimañas entraran por la noche.

Que me parece muy bien. Mi ex-compañero de piso en Nottingham, Brian, también tenía dos arañas en su cuarto con la excusa de que se comían los bichos. ¡Pero JODER, QUE SON ARAÑAS! Aún descubrí una escabulléndose entre mis pies en la cocina y, cuando fui a matarla, Sergio me lo impidió con un sonoro ¡NO!, que con los nervios a flor de piel que llevaba, casi consiguió que me colgara del fluorescente. Con mucho cuidado, la recogió en una servilleta de papel y la depositó fuera. Yo flipaba. Ni de coña iba a dormir allí.

Spiders

¡Pero NI DE COÑA!

Aunque, claro, finalmente sí lo hice… Sergio me garantizó que había revisado mi cuarto de arriba abajo, que estaba en el piso de arriba, y no había ni una araña. Me pegué mi buena media hora comprobando que decía la verdad, y finalmente Carlos y yo dormiríamos allí, en sendas literas. Yo en la de arriba, por si a alguna prima de Spiderman le daba por investigar, que se entretuviera primero con Carlos. Óskar, hombre rudo y acostumbrado a todo tipo de ambientes («es que yo he sido jotero, y eso curte mucho»), se atrevió con el sofá-cama del salón, al lado de esas cortinas… ¡brrr!

Pero antes de dormir, teníamos que ir a La Misión. No, no la de Roland Joffé con espectacular música de Morricone.

The Mission era una espectacular discoteca de tres plantas y otros tantos ambientes, con vidrieras y un enorme crucifijo colgando del techo en su nave central. Digo «era» porque ya hace muchos años que cerró, siendo ocupado su espacio por otros nightclubs, primero, y más recientemente por un restaurante de prestigio. En cualquier caso, la leyenda de la noche inglesa se terminó de cimentar allí, con Carlos en su salsa como veterano de varios años en UK. Su devenir en la pista, no precisamente bailando (o sí, a saber), consiguió dejar a Sergio boquiabierto, aunque no fue el único. Óskar se convenció definitivamente de que debía irse a vivir a Reino Unido cuando una chica vestida de Xena, la Princesa Guerrera, le colocó una barra de pan sobre el hombro (en serio… no preguntéis) y lo sacó a bailar. Por aquél entonces, Óskar aún no era el bailarín consumado que sería después, pero consiguió defenderse lo suficiente como para que Xena no fuera la única que le echó el ojo aquella noche. Qué tiempos aquellos.

Al día siguiente, nos hicimos unas fotos en el idílico entorno del lago. Habréis notado que las fotos que he utilizado para ilustrar este reportaje, desde el primer post hasta este, no son mías. Recordad que estábamos en el año 2000, y las cámaras de fotos digitales aún no existían (o, si lo hacían, estaban fuera de nuestro alcance). Así, la mayoría de fotos que conseguí salvar de mi vieja Kodak (las que no se velaron o tenían un dedo enorme tapando medio objetivo) no hacen verdadera justicia a los sitios que visitamos. Sin embargo, voy a compartir estas dos, para que mis lectores puedan observar lo jóvenes que éramos en aquella época.

Swindon, año 2000 Swindon, año 2000 (2)

Ahí estamos, de izquierda a derecha y de arriba abajo en la primera foto: el Sr. Yentelman, Óskar, Sergio, Carlos y Lecquio.

Sergio se ofreció a llevarnos a Londres en coche. Por supuesto, aceptamos, y aún tuvimos tiempo de ver el Big Ben, Westminster, las Houses of Parliament y comer en un Pizza Hut que era lo más parecido a un restaurante que pisamos durante nuestra semana allí. El posterior trayecto hasta el aeropuerto consistió en un ir y venir de curvas, carreteras cortadas, volver sobre nuestros pasos y un general cagarse en las muelas de los arquitectos e ingenieros que habían sido incapaces de diseñar una forma sencilla y, sobre todo, recta, de ir del centro de Londres a Heathrow.

En el aeropuerto nos despedimos de Sergio y Carlos, agradeciéndoles su hospitalidad y compañía, y regresamos a nuestro país, España, dejando un poquito de nosotros en Inglaterra. Pero la semilla ya estaba plantada. Apenas un par de años después, Óskar se mudaría a Sheffield definitivamente, comenzando una exitosa trayectoria que, a día de hoy, aún me llena de orgullo al poder decir que, si está donde está, es en parte gracias a mí por haberlo llevado en primer lugar. ¡Págate algo, jodío!

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